
Los precios deberían ser claros, mostrándose de forma directa y simple para facilitar la compra, pero en ocasiones las políticas creativas convierten la experiencia del consumidor en algo tan confuso que puede resultar perjudicial para nuestros intereses.
Ayer me encontré con uno de estos ejemplos mientras estaba paseando tranquilamente con unos amigos por una gran superficie. Lo primero que me llamó la atención al entrar en el comercio en cuestión es que una de las empleadas nos preguntó: “¿Saben cómo funcionan los precios aquí?” Sinceramente pensé que se trataba de una broma y respondí señalando a la promoción más cercana: “pues… supongo que si compramos dos prendas de esta percha, nos cuesta 10 euros… como dice el cartel ¿no?”. Pero se ve que no era tan sencillo.




