
Y un día, se erigió el jefe de ventas sobre la mesa de su despacho con el papel en el que había impreso los pecados que no debían cometer sus vendedores. Agarró el trozo papel matricial como si fuera un pergamino y antes de leerlos, observó las atónitas e incrédulas miradas de los miembros de su equipo.
“El que esté libre de pecados tendrá mejores ventas y por tanto, comisiones”, sentenció y como si tuviera entre sus manos la mismísima palabra de su señor, el director general, aclaró que eran siete y que desde ese momento no serían tolerados. Con esas últimas palabras, todos los vendedores se sentaron delante de su mesa y el director empezó a leer en torno a un silencio absoluto.







