El método del charco y su antídoto, el hombre-corcho

El método del charco y su antídoto, el hombre-corcho
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Primero fue este post mío dedicados a los pagafantas empresariales en este mismo blog. A continuación Remo dedicó un post a los pagafantas laborales, a los trabajadores iluminados y posteriormente al chico de los marrones. tengo la impresión de que fueron posts bien recibidos, ya que curiosamente, y como señalaba nuestro lector Marcuss nos resulta fácil colgarle lo de pagafantas a los otros y asumir el rol de chico de los marrones. Algo de eso hay. Bueno, algo de eso y que todo el mundo tiene opinión sobre el tema, todos podemos hablar de nuestro particular Animalario de empresa.

Por ejemplo, discrepo ligeramente de Remo cuando habla de los pagafantas mandos intermedios. A mi los pagafantas me inspiran ternura, buscan lo que buscan pero no causan daño a nadie (bueno, a ellos mismos), incluso se esfuerzan un huevo. Comprendo perfectamente lo que Remo quiere transmitir pero me duele lo de pagafantas, que creo que esta más cerca del chico de los marrones que de ese mando intermedio chusquero. Yo diría que esa suerte de sargento Arensibia, en muchos casos, puede hallarse retratado en lo que un jefe mío denominaba hombre-corcho. Pero para saber de que hablo primero hemos de conocer el método del charco como herramienta de gestión de los recursos humanos de una empresa.

Aquel jefe mío reconocía aplicar el método del charco para la gente bajo sus ordenes, especialmente para las nuevas incorporaciones (apostaba por la cantera). Su funcionamiento era bien sencillo: se coge al sujeto y se le arroja a un charco, entendiendo como charco un problema, cometido, o función X. Pongamos que en este caso concreto sea una responsabilidad de un Departamento. Nada de trainings, coachings, preparaciones ni moderneces de esas. Se limitaba a observar como chapoteaban. Unos, al cabo del tiempo hacían unos largos sorprendentes, relajados, habían estableció una zona de comodidad. Otros debían ser rescatados in extremis. Se ahogaban, el charco les superaba.

A los primeros, les volvía a coger al cabo de un tiempo, cuando se había cansado de verles tan sobrados, y les arrojaba a otro charco, es decir, otra responsabilidad profesional. Pero este charco era más profundo, de aguas más agitadas, más peligros. Y una vez más el charco hacia su proceso de selección natural. El charco y sólo el charco, ya que el nadador debía buscarse la vida.

En general he de decir que el método le daba buenos resultados. Formó una excelente camada de profesionales a un coste muy reducido. Pero, en la intimidad, reconocía que su método tenía un defecto, que era vulnerable. Y es que, y sonreía mientras lo afirmaba, su prueba del charca era ineficaz frente a los que que denominaba hombres corcho. ¿Hombre corcho, pregunté yo?

Si, el hombre corcho era una constante que se había encontrado a lo largo de su vida. Pocos, pero escogidos. Se trataba de gente con una inmensa capacidad de flotación, de mantenerse a salvo por encima de tempestades. Ojo, no eran auténticos profesionales, no destacaban por su capacidad, esfuerzo, implicación. No. Su única faceta conocida era su incapacidad para verse arrastrados al fondo del charco, basándose en el olfato, en una cierta mezcla de simpatía, de capacidad para no hacer que los demás se sintiesen agredidos, de falta de escrúpulos, de habilidad para el pasilleo y no para el trabajo, etc. El hombre corcho no era valioso para las organizaciones, todo lo contrario. Era gente que no se arriesgaba, no se mojaba (ni dentro del líquido elemento), y que era incapaz de mantener un rumbo, ya que, como buen corcho se limitaba a flotar a merced de las olas, dejándose llevar.

Tal y como cuento mi jefe era partidario de,una vez detectados, acabar con ellos. Y yo también. No se si alguna vez os habéis encontrando frente a uno de estos seres cuasimitológicos, pero andaros con ojo, que aportan poco y consumen mucho.

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