
Si hay alguien que en esta vida me merezca respeto es aquel que es capaz de gestionar toda su actividad profesional y encima no se queje (o no lo haga mucho) por ello. Y siendo este el caso, no puedo pensar en nadie más que mi gran héroe: el profesional autónomo (y/o pequeño empresario en muchos casos).
Siempre he dicho que es muy fácil tener mentalidad funcionarial y dejarse llevar por los demás, es muy fácil esperar el sueldo a final de mes pero no responsabilizarse nada más que de sus estrictas tareas (y ni una más, ¡eh!). Del mismo modo siempre he dicho que es muy fácil dirigir una gran empresa, con mil departamentos y mil asistentes (en realidad puede que no estén tan lejos las mentalidades del director de una multinacional, y la de un funcionario), pero no es tan fácil ser autónomo o pequeño empresario.







Hagámonos una composición de lugar: tienes tu trabajo estable, o incluso no lo tienes, pero resulta que programas o diseñas páginas web en tus ratos libres y cobras por ello (al menos lo intentas). Siempre lo has hecho de estrangis y te ha ido bien: algo de dinerito extra de vez en cuando. Pero un buen día llega un encargo chulo. Muy chulo económicamente hablando. La única “pega” es que es una empresa que quiere que le hagas una factura. Tienes las aptitudes y conocimientos sobrados para hacerlo. Pero sin embargo oyes la palabra factura y un escalofrío recorre tu espalda. Con mucho dolor y pena les dices que no puedes facturarles. Y pierdes el encargo.
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