La cultura del workaholic ha muerto y la gran renuncia gana la carrera por la conciliación

La cultura del workaholic ha muerto y la gran renuncia gana la carrera por la conciliación
Sin comentarios

Hoy será mi último artículo en Pymes y Autónomos. Por eso, me voy a permitir la licencia de hacer una pequeña reflexión de cómo ha cambiado el mundo laboral desde el inicio de la pandemia en 2020. Una cosa tenía clara, cuando todo finalizara nuestra vida no sería igual. En el ámbito laboral, la transformación ha sido realmente brutal. La mentalidad de muchos empleados a dado un vuelco. Se ha movido todo el sistema de prioridades.

Y esto ha llevado a muchos a pensar más en vivir para trabajar, que pensar el trabajo como medio de triunfo social por encima de todo. Podemos decir que la cultura del workaholic ha muerto y la gran renuncia sale como ganadora en la carrera laboral.

Al menos así ha sido mientras la situación económica ha sido favorable. En 2023 puede que las cosas cambien, pero no está nada claro. Se ha producido un cambio cultural en muchas personas mucho más profundo de lo que algunas compañías quieren reconocer. Y el ejemplo más claro lo tenemos con lo ocurrido con el teletrabajo.

Los empleados quieren teletrabajar, los empresarios encerrarlos en las oficinas

El número de empleados que quieren teletrabajar, al menos de forma ocasional o durante unos días de la semana es creciente. Y sin embargo, pasado el momento de necesidad impuesto por la pandemia, las empresas le ven más inconvenientes que ventajas a este modelo.

Es un problema fundamentalmente de organización y comunicación. Todavía no se ha estructurado adecuadamente cómo tenemos que relacionarnos con empleados que están fuera de la oficina. No solo a nivel interno, sino también clientes que muchas veces acuden a empresas para hablar con alguien, que está trabajando desde su casa.

En muchos casos se trata de algo cultural, pero también de distancia respecto a Europa en la implantación del teletrabajo, donde España partía con niveles muy bajos antes de la pandemia. Las empresas muchos de los trabajos, negocios o encargos que realizan de sus clientes se hacen por la confianza que se depositan en ellas. El trato personal de un gestor de cuenta, de un comercial o de la persona que habitualmente les atiende es clave.

El ejemplo más claro lo tenemos en el sector de las asesorías, donde el trato con nuestro asesor fiscal o laboral, esa relación directa y estrecha muchas veces se fundamenta en la confianza que nos trasmite. Y que esté trabajando de forma remota muchas veces supone un problema.

Por otro lado es normal. Hay muchas compañías que están en proceso de cambio en sus procedimientos internos. Del control del empleado por presencialidad están mutando al control por tareas. De la comunicación personal o por correo a otras herramientas más ágiles como Teams, Slack o incluso WhatsApp.

Si queremos que el teletrabajo sea eficiente es imprescindible que se realice un esfuerzo organizativo y de coordinación en la empresa mucho mayor. Y a medida que la empresa tiene un tamaño mayor es más complicado dotar de flexibilidad y estructurar las condiciones para que el trabajador y empresas se sientan cómodos trabajando desde casa.

Si no puedo conciliar, me marcho

Algunas lo harán forzadas. Porque están viendo como muchos de sus empleados simplemente renuncian. Y el cambio está siendo mucho más rápido de lo que algunas organizaciones pueden asimilar.

No hace mucho, mientras charlaba con el responsable de una empresa me comentaba que el cambio ha sido brutal. Los trabajadores se pasaban años trabajando antes en su empresa, alguno incluso llegó a tener su primer empleo en su organización y acabó por jubilarse.

Ahora si un empleado aguanta unos pocos meses se pueden dar por contentos. Las condiciones que ofrece son competitivas en su sector. Buen salario y un horario estable. Pero no son suficientes. La posibilidad de teletrabajar ha sido motivo para que varios de ellos se marchen a la competencia. Y ahora se plantean el cambio.

Pero también cómo se organizan los picos de trabajo. En toda organización hay momentos del año de estrés. De acumulación de tareas. Y esto siempre es un tira y afloja entre ambos. La empresa mide el desempeño del trabajador y opina, en muchos casos con gran optimismo, que en las ocho horas de jornada laboral tiene que darle tiempo a terminar una serie de tareas. La realidad muchas veces dice lo contrario y se acumula el trabajo.

Esos trabajadores que llevan años en su organización están acostumbrados a  poner una marcha más en estos momentos puntuales. A sacar el trabajo adelante, muchas veces prolongando un poco más su horario o dedicando más esfuerzo, más concentración, etc. Y es aquí donde poder teletrabajar para muchos marca diferencias.

Si tengo que dedicar más tiempo a trabajar, prefiero hacerlo tranquilamente desde mi casa, a la hora que mejor se ajuste a mi vida familiar. O no acudir al centro de trabajo y dedicar el tiempo de desplazamiento a sacar esas tareas pendientes.

No, no vamos a trabajar todo lo que haga falta para que la compañía salga adelante

El ejemplo mediático más reciente lo tenemos en las renuncias de los empleados de Twitter tras el cambio de propiedad en la compañía. Trabajadores que muchos de ellos llevaban años en la organización, pero que ya no estaban dispuestos a dejar varios años de su vida para que la empresa saliera adelante según los planes trazados por la nueva dirección.

El workaholic ya no tiene la admiración de los demás

Después de la pandemia, esta estructura de valores para muchos empleados ha cambiado. El trabajo, el éxito social a través de un trabajo con más salario, más responsabilidad, un mejor puesto, ya no está en primer lugar. Y se valoran otras cosas. El triunfo laboral ha dejado de ser lo más importante o, en los peores casos, lo único importante.

Este cambio cultural es también trasversal. Incluso muchos autónomos, incapaces de decir que no a un cliente, se han replanteado su esquema de prioridades. ¿Soy autónomo para ser independiente económicamente, tomar mis decisiones, levantar mi negocio y ser más feliz o simplemente me he convertido en esclavo de mi propia empresa y trabajo mucho más que siendo trabajador por cuenta ajena para ganar lo mismo?

Decir que no a un cliente implica menos ingresos. Pero también más tiempo para nosotros. Lo complicado del autónomo es que sus ingresos son irregulares, y decir hoy que no a un cliente, implica que quizás mañana, si hay una bajada de trabajo vayamos a necesitar ese dinero que no facturamos.

Y si no podemos hacerlo al final la situación en muchos casos se vuelve insostenible a lo largo del tiempo. Hemos hecho un esfuerzo muy grande para levantar nuestro negocio y el resultado a nivel económico no nos ofrece el resultado esperado. Es un paso difícil, pero en muchos casos necesario para seguir adelante.

El mundo del autónomo es muy complicado. No se trata solo de ser tu propio jefe, sino también ver como facturamos mucho y el beneficio es poco. Impuestos, cotizaciones y muchas obligaciones que hacen que el camino sea ingrato y a veces incluso insoportable.

Temas
Inicio