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España necesita inmigrantes, están salvando el pequeño comercio. Cada día cierran 38 tiendas de toda la vida

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sergio-delgado

Sergio Delgado

Editor
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Sergio Delgado

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El cierre silencioso de los pequeños comercios se ha convertido en un drama en el paisaje urbano español. Hay persianas que bajan cada día en barrios y pueblos de todo el país, dejando tras de sí locales vacíos, menos vida en las calles y un tejido económico cada vez más debilitado.

De hecho, solo en el último año han desaparecido 13.586 comercios, lo que equivale a una media de 38 cierres diarios, la cifra más elevada de la última década.

Ni siquiera la pasada campaña navideña logró frenar la sangría. Durante el mes de diciembre de 2025 cerraron 2.347 negocios, muy por encima de los datos del mismo periodo del año anterior.

La tendencia confirma que el pequeño comercio atraviesa una crisis estructural que va más allá de coyunturas puntuales y que amenaza la supervivencia de un sector históricamente clave para la economía y la cohesión social.

Un sector en retroceso que pierde miles de autónomos cada año

El impacto del cierre de tiendas no se mide solo en persianas bajadas, sino en empleo perdido.

A comienzos de 2026, el comercio de proximidad concentra algo más de 716.000 trabajadores autónomos, cerca del 24% del total del colectivo.

Sin embargo, esta cifra es sensiblemente inferior a la registrada un año antes, cuando superaba los 724.000. En apenas doce meses se han perdido más de 7.500 autónomos del sector.

Si se amplía la perspectiva temporal, el retroceso resulta aún más alarmante. En la última década han desaparecido cerca de 150.000 autónomos vinculados al pequeño comercio, y más de 100.000 desde 2019.

Los datos reflejan una tendencia sostenida que evidencia el agotamiento del modelo tradicional de tienda de barrio, incapaz de competir en igualdad de condiciones con las grandes superficies y el comercio electrónico.

Una tormenta perfecta que asfixia al comercio local

La situación responde a la confluencia de múltiples factores. El aumento de los alquileres comerciales, los elevados gastos fijos, la dificultad para adaptarse a la digitalización y la competencia de grandes plataformas de venta online han ido erosionando la viabilidad del pequeño comercio.

A ello se suma una liberalización horaria que beneficia especialmente a los grandes operadores y centros comerciales, ampliando aún más la brecha competitiva.

El resultado es un sector cada vez más frágil, con márgenes muy reducidos y una rentabilidad mínima.

Muchos comerciantes trabajan jornadas extensas con ingresos que apenas superan el salario mínimo, y en algunos casos ni siquiera alcanzan esa cifra.

El comercio se ha convertido, paradójicamente, en uno de los ámbitos donde se concentra un mayor número de autónomos con ingresos bajos.

El autoempleo como salida forzada

A pesar de este contexto adverso, el pequeño comercio sigue siendo una puerta de entrada para muchas personas que se quedan fuera del mercado laboral por cuenta ajena.

El autoempleo se presenta como una alternativa cuando el despido o la falta de oportunidades impide encontrar trabajo, aunque en muchos casos se trata de una decisión tomada sin la preparación ni el respaldo financiero adecuados.

Esta realidad explica por qué muchos negocios no superan los primeros años de vida. Abrir un comercio exige inversión, conocimiento del mercado, adaptación tecnológica y capacidad para soportar periodos de baja rentabilidad.

 Cuando estas condiciones no se cumplen, el cierre termina siendo inevitable.

La inmigración, un salvavidas para el comercio de proximidad

En este escenario de retroceso generalizado, la inmigración se ha convertido en un factor clave para sostener el pequeño comercio.

Los datos muestran que los trabajadores extranjeros están asumiendo un papel protagonista en la continuidad de muchos negocios, especialmente en barrios urbanos y zonas donde el relevo generacional ha desaparecido.

Buena parte de las nuevas aperturas corresponden a traspasos de establecimientos cuyos propietarios se jubilan o abandonan la actividad.

Peluquerías, bares, tiendas de alimentación o pequeños comercios de barrio encuentran continuidad gracias a personas migrantes que apuestan por el autoempleo como vía de integración económica y social.

Este fenómeno no solo evita el cierre definitivo de muchos locales, sino que mantiene viva la actividad económica en zonas que, de otro modo, quedarían desiertas.

El ejemplo extrapolable de Valencia

La Comunitat Valenciana se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de esta tendencia en España. Durante 2025, siete de cada diez nuevas altas en el régimen de autónomos correspondieron a personas extranjeras.

En total, se registraron 9.171 nuevos afiliados de origen foráneo, frente a un crecimiento mucho más moderado entre los trabajadores nacionales.

Este incremento ha tenido un impacto directo en la economía regional. Las nuevas altas aportaron más de 32 millones de euros en cotizaciones, contribuyendo de forma decisiva al sostenimiento del sistema. En conjunto, los autónomos extranjeros representan ya un pilar esencial del tejido productivo valenciano.

La mayoría de estos emprendedores procede de países como China, Rumanía e Italia, y se concentran en actividades como el comercio minorista, la hostelería, la construcción y los servicios.

En muchos casos, asumen negocios que habrían desaparecido por falta de relevo generacional, garantizando su continuidad y manteniendo empleo local.

El fenómeno refleja una realidad cada vez más evidente: sin la aportación de la inmigración, el pequeño comercio tendría hoy un horizonte mucho más sombrío.

Imágenes | Pixabay, Pixabay

 

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