
Una de los principales enemigas para el desarrollo de un país, y obviamente para el de su tejido empresarial, es la corrupción. La corrupción, en la medida en que ataca a la credibilidad de las instituciones públicas y dificulta el libre comercio, la libre competencia, supone un lastre sumamente pesado que, inevitablemente lleva parejo otras formas de criminalidad.
España no es un de los países más afectados por dicha lacra, al menos según Transparencia Internacional, ong centrada en denunciar dichas tramas. Nos situamos entre los 30 países menos corruptos del mundo en su último informe del 2010. Ahora bien, estoy seguro que más de uno de los lectores del blog ha sido víctima o testigo de alguna forma de corrupción, una situación en la que lo normal, si eres una persona con principios, es quedarse bastante cortado, fuera de juego.


