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¿Sabemos diferenciar entre un cliente y un amigo?

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En marketing hay un lema: intentar que los clientes sean nuestros amigos. Amigos de nuestra marca, servicio o lo que sea que ofrecemos al público. Se trata de dar ese paso para lograr que juntos, cliente y empresa, logren un objetivo: trabajar juntos.

Ya no se trata de generar necesidades, sino de escuchar qué necesitan nuestros clientes y dárselo. Necesidades reales. Esta estrategia sería ideal si el marketing pensara en que la experiencia de compra del consumidor ha de ser positiva. ¿Pero qué ocurre cuando el amigo se convierte en cliente?

Y no se trata de un juego de palabras. Hablo de ese tipo de amigo, casi recién llegado que antepone sus necesidades a las de la empresa o el autónomo. Me explico: si nuestra misión es ofrecer un servicio de calidad a la medida de lo que nuestro cliente demanda (y paga) ¿Qué hacemos con ese amigo que pretende que trabajemos para él gratis?

Ya hemos hablado en otras ocasiones de cómo es importante saber establecer unas normas y unos códigos, como freelance para no acabar adquiriendo experiencia, a costa de invertir horas y horas en trabajos no remunerados. ¿Con el fin de aprender? Puede que eso resulte válido en un período pero no por costumbre.

Hace unos días, un amigo que realiza masajes me comentó que me haría uno, hay una amistad por medio, pero no por ello pensé que al terminar lo ideal sería darle sólo las gracias y le pagué. ¿Lo normal? Exacto.

El problema viene, cuando algunas personas no se dan cuenta (o no quieren verlo) que no pueden andar pidiendo lo que ellos llaman favores, a un profesional. ¿Imaginas que acabas de conocer a una persona que trabaja en un restaurante y te presentas allí para cenar gratis? ¡Total, hay ya una ligera confianza!

El trabajo requiere tiempo, esfuerzo, dejar de lado otros proyectos por atender ése que de manera tan feliz, te ves entre las doscientas tareas que has de realizar. ¿Esa persona ha pensado en ti? ¿Ha valorado lo que haces? ¿Ha mostrado respeto por ti? No.

A veces, no son los clientes de toda la vida los que piden o sugieren un esfuerzo de nuestra parte "por tantos años juntos" sino, que son seres con los que apenas hay una relación amistosa ni profesional, los que pretenden que trabajemos gratis.

Ese gesto además de mostrar a una persona carente de empatía y sí de mucha confianza en si misma, es la prueba para huir de este perfil.

Al cliente se le debe tratar como un amigo, y al amigo (o conocido) se le debe tratar como un cliente, salvo honrosas excepciones. Valoremos nuestro trabajo.

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Imagen|Guillermo Valera

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