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Cine y emprendedores (III): Glengarry Glen Ross y la peligrosa obsesión por vender

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Una oficina inmobiliaria. Principios de los 90. Cuatro agentes luchan por vender parcelas, aunque con resultados poco satisfactorios. Uno de los jefes de la compañía matriz rompe la ‘tranquilidad’: los dos que más vendan en el próximo mes conseguirán sendos premios y fichas de clientes preferentes, mientras que el que menos operaciones logre será despedido. Se desata una obsesión que los llevará a hacer cosas impensables en condiciones normales.

Es la historia de Glengarry Glen Ross ‘Exito a cualquier precio’, película estrenada en 1992 y escrita por David Mamet (quien escribió la obra teatral del mismo nombre y sobre la que se basa el film). Con un reparto de excepción, Al Pacino, Jack Lemmon, Alec Baldwin, Kevin Spacey y Ed Harris, se trata de otra de las historias incluidas en la particular sección ‘Cine y emprendedores’, por la que ya han pasado otras obras como ‘Jerry Macguire’ o ‘Piratas de Silicon Valley’.

Dura motivación para vender

La oficina inmobiliaria vivía en una tensa calma. Las ventas no iban bien y todos los vendedores excepto uno, Rick Roma (Al Pacino), buscan la forma de salir del bache. Entretanto, un jefe pusilánime, sin un liderazgo claro, aguarda. Es el momento en el que llega Blake, encarnado por Alec Baldwin, un jefe que ‘aterriza’ para lanzar uno de los discursos motivadores más duros que se recuerdan (en el vídeo que encabeza el artículo).

El directivo, prepotente y con tono de desprecio, no sólo se queda en palabras contra cada uno de los vendedores, si no que propone un plan con el que ‘activar’ la oficina: el que menos venda será despedido, mientras que los dos que más operaciones registre no sólo ganarán un Cadillac y un juego de cuchillos, sino la oportunidad de operar con fichas de clientes actualizadas y con mayores posibilidades de negocio.

Es el punto de inflexión, el momento en el que todo cambia. Se desata una carrera sin descanso, que sacará lo peor de cada uno. Esas ‘trampas’ las inicia Shelley ‘La Máquina’ Levene (encarnado por un enorme Jack Lemmon), que, en privado, trata de arrancarle esas fichas buenas al jefe utilizando argumentos como el de su hija enferma. Es el intento de un gran vendedores del pasado que hoy pasa por sus horas más bajas.

Dos días de infarto

La película describe dos días desde la llegada de Blake hasta un desenlace digno de la ambición que desprende la carrera iniciada en la oficina. Entre esos dos puntos hay momentos muy interesantes como la conversación entre Dave Moss (Ed Harris) y George Aaronow (Alan Arkin) sobre las ventas, la presión, la tensión y los momentos difíciles del mercado que les ha tocado vivir. Al final de la misma, dejan sobre la mesa la posibilidad de organizar un robo en la oficina para quedarse con las fichas buenas y dar un escarmiento a la empresa.

Paralelamente, los otros dos vendedores se esfuerzan por lograr esa misma noche una operación que les permite salvarse de la quema. Ricky Roma completa una venta con un potencial comprador, durante una cena en la que se gana su confianza. ‘La Máquina’ Levene hace varios intentos y, a la mañana siguiente llega a la oficina después de haber logrado una gran operación. Pero todo había cambiado.

Los excesos de la estrategia

Con historias y momentos algo excesivos, esta película demuestra que no vale todo, que hacer que el día a día sea una competición extrema, con objetivos demasiado ambiciosos y con duras consecuencias, no suele desembocar en efectos positivos. La competencia es sana, hasta que hace que se traspasen todos los límites posibles y se pisen líneas rojas.

Glengarry Glen Ross muestra la otra motivación, la del miedo agobiante y la presión inaguantable. Es la prueba de que todo no pueden ser objetivos ambiciosos. Que el camino para conseguirlos determina a quien lo recorre.

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