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Ayer tuve la oportunidad de comprobar el doble esfuerzo que tienen que realizar los pequeños comerciantes. Además de todas las trabas que siempre han soportado, ahora deben luchar doblemente por mantener a flote sus negocios. Fui la acompañante, en una de esas compras que se hacen por necesidad y con pocas ganas. Como confesó Eva H. en la radio, servidora debe tener cara de que me guste escuchar porque algunas personas, acaban contándome sus problemas y su vida sin pudor.

Este miércoles no iba a ser una excepción. El escenario: tiendas ubicadas en un barrio periférico habitado por personas de todas las nacionalidades, con ese tipo de construcción que estuvo tan de moda en los setenta y que pide urgentemente una remodelación, pero ese es otro asunto o quizás no. El ambiente influye en nuestro estado de ánimo. Un señor, dueño de una tienda de ropa “de toda la vida”, me aseguró que escucha historias todos los días, es el psicólogo del barrio, añado yo; ahora el cliente no viene solo, le acompaña una depresión en mayor o menor grado.

Si soy la primera que huye de este ambiente que algunos periodistas parece que fomentan, con una programación en sus informativos que sobrepasa el amarillismo, no voy a poner el dedo en la llaga. Pero que los pequeños negocios tienen a verdaderos luchadores es cierto y digno de mención, eso sí tiene cabida en nuestra realidad

Primer caso: la señora de la tienda de zapatos

Hace un mes que le han operado. “De algo importante” y la última palabra la pronuncia despacio, vocalizando bien para que entendamos que no ha pasado por el quirófano por algo liviano. Es rubia, sus ojos grandes y azules están llenos de alegría, lo cual llama la atención. Va arreglada, maquillada y se mueve despacio. “Es el primer día que abro y tengo que ordenar”. Le comento que tiene zapatos muy bonitos. Sonríe. “Sí, aquí viene gente de todos los países y se llevan mis zapatos para regalarlos a sus familiares”, confiesa con orgullo.

Percibo que la convivencia es buena, no es la primera vez que visito el barrio. Lo conozco desde niña. La señora acaba compartiendo cómo ve ella esta crisis, y no me habla de dinero, sino de ánimo. De los clientes que le cuentan que sus hijos no encuentran trabajo, o que ya les han despedido. Ella se muestra comprensiva. Tiene dos hijos: a una le va bien pero al otro no, y por eso sufre. Aunque de nuevo recupera la sonrisa y admite que siempre ha sido positiva “¡Y ahora más!”

Cuando salimos de allí, acaba dando ánimos a mi acompañante. Le dice que tiene que salir más. Arreglarse y dar una vuelta. Que lo mejor para la depresión es hablar con los demás, que te dé el aire y pastillas las justas. Me deja pensativa. La observo: ella representa a muchos españoles y no lo que se vio ayer en el Parlamento. Nadie debiera tener el valor de alzarse como portavoz de un país cuando vive en otro muy distinto.

Segundo caso: el señor de la tienda de ropa

Aquí entramos llevados por la nostalgia. Era un local alegre, donde los viernes muchas madres venían con sus hijos y compraban alguna prenda para el niño y de paso algo bonito para ella si se podía. Todo pareciera tener más luz. Las calles estaban llenas de gente que iba o venía del trabajo. A las cinco los niños cargaban con su cartera pero también con una gran sonrisa porque no volverían hasta el lunes al colegio. Resulta idílico, lo sé, pero era así.

Ayer no me encontré nada de eso. Y el dueño de esta tienda, un hombre canoso pero joven, con buen porte, ni siquiera mencionó si vendía más o menos, directamente habló de sus clientes. “Yo ya no vivo aquí hace años, pero no me creo algunas cosas que me cuentan, ¡y son ciertas! aquí hay vecinos que duermen con miedo a que les roben las puertas, ¿dónde se ha visto eso?” Y nos mira incrédulo. “Falta trabajo pero también alegría y educación”, admite.

Luego se aproxima a su intimidad y de sus dos hijos, que tras mucho esfuerzo y estudio, lograron sus trabajos en el área sanitaria, uno de ellos va a ser despedido la semana que viene, y el otro tendrá que trabajar más horas y cobrar menos. No lo dice enfadado sino con resignación. Añade que él trabajó en Suiza hace muchos años “pero con contrato” subraya, y tras dos años regresó, trabajó en la construcción “como encargado” pero la enfermedad de su esposa le hizo ponerse al frente de la tienda.

“Uno no sabe qué decir al que cruza la puerta, pero escucho sus dramas… aunque la gente se desahoga y eso es bueno”. Lo miro, mientras un señor de unos ochenta años abre la puerta, le pregunta si puede entrar bromeando y pienso en qué historia le acompaña a él.

Conclusión

No llegué a mi casa triste, al contrario. Sentí orgullo por estos héroes anónimos que además de sacar adelante sus trabajos, a pesar de que su propio ambiente esté enrarecido, siempre tienen la sonrisa en la boca, están predispuestos a escuchar al otro, y que no conocen ni quieren saber nada de rendirse. ¿Después de tantos años al pie del cañón? No. No sería lógico.

Admiro a estos profesionales que no han asistido a una escuela de negocios, no saben nada de marketing que a su vez enseñan por miles de euros expertos en estas lindes. ¿Existe algún tema donde se hable de la empatía en esos másteres? Puede ser. Pero mi defensa sigue siendo la misma: el mejor máster, la calle. Conocer a personas de todo tipo, raza, ideología, religión… porque todos ellos, nosotros, conformamos este país. Y si no conoces a tus semejantes y siempre te mueves en la misma esfera pocas lecciones puedes dar.

Yo me llevé una o quizás varias tras escuchar no sólo a estas dos personas. Me llevé que existe una separación entre los españoles abismal, aunque parezca que no. Que todos salimos a la calle a protestar por lo mismo. No es cierto. Cada uno defiende su parcela. Esto no es Islandia.

Al menos, nos queda la esperanza si no nos nutrimos de informativos, que existe gente valiosa, trabajadora, y barrios que muchos aprendices de ricos dicen temer, pero que son más seguros que cualquier despacho en estos momentos.

Algunas personas no necesitan un coach (no me gusta esa palabra, lo siento) ni un psicólogo que les pida un dinero que no tienen, afortunadamente son optimistas. Son los que realmente llevan adelante este país, porque sin optimismo no importa nada, incluso que tengas trabajo, es el arma más efectiva contra la depresión que afecta a nuestra sociedad.

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