El día que termine de arder España

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Aquella mañana al pisar la calle recibí una lluvia blanca que caía lentamente sobre mí sin mojarme. Al extender mi brazo no pude sentir su presencia pero mi en mi mano reposaron algunas de aquellas extrañas gotas. Eran caspas que al ser tocadas con el dedo se convertían en polvo. Al levantar la mirada observé la gran cantidad de ceniza que caía y al mirar hacia las montañas pude ver horrorizado cómo el cielo, rojo, parecía consumirse tras el monte.

A la noche ya habían pasado muchos aviones y helicópteros buscando agua entre las piscinas de la zona y ahora el fuego era aún más visible. Las llamas sobresalían por encima de los pinos y se observaba nítidamente desde la distancia. Todos en el silencio temíamos por las poblaciones cercanas y por el propio monte.

La crisis, como el fuego, se veía llegar pero resultaba difícil de frenar. Nuestra propia combustión ha alimentado las llamas que acabarán con los demás y los cortafuegos solo intentan limitar la acción del fuego produciendo un daño considerado como asumible. El agua cae de los aviones mientras se reza para que no cambie la dirección del viento.

No es tan diferente a las respuestas que vemos respecto a la economía. Primero el foco crece sin que nadie haga nada hasta que se convierte en un gran incendio. En ese momento todos intentan controlarlo delimitando sus daños bombardeando con soluciones esperando que la situación no cambie y obligue a replantear las estrategias.

El fuego quema sobre quemado y termina apagándose si se ha mantenido controlado el tiempo suficiente. Las empresas que quedaron dentro arden y piden ayuda al solo recibir algunas gotas del agua que cae de los aviones mientras, desde arriba, los bomberos solo pueden esperar a que terminemos de quemarnos. Cuando ya no hay fuego se humedece el suelo para que no se reavive.

Ahí, entre las cenizas.

Unos meses tras el gran incendio que os relato, cuando la tierra ya no humeaba, pasé por el monte y solo pude observar un desierto negro plagado de árboles con el mismo color que la tierra que estaban en los “huesos”. No parecía haber indicios de que pudiera recuperarse.

Al acercarme a un pino levanté su corteza al reconocer la especie a la que pertenecía. Allí debajo estaba creciendo una pequeña rama verde, de un color que contrastaba tanto que en aquel momento habría jurado no conocer dicha tonalidad. Arranqué más corteza esperando encontrar el tronco y cuando llegué a él… ahí estaba, entero y sano.

Aquel pino parecía tan quemado como los demás pero había sobrevivido como todos los de su especie. Solo bastaba fijarse un poco para ver cómo del suelo surgían pequeños pinos que se enfrentaban a la destrucción que les rodeaba. Ojalá cuando este fuego termine podamos comprobar que en España abundan los Pinus canariensis, creados para sobrevivir al fuego y cuyas semillas lo aprovechan para expandirse.

Espero que dentro de unos años cuando paseemos por nuestro país veamos un monte verde con troncos negros, síntoma de nuestra fuerza y determinación así como de nuestro aprendizaje. Porque el hecho de que hoy estemos ardiendo no significa que estemos muertos, solo que de nuestras cenizas tendremos que construir un nuevo monte, preparado y adaptado para soportar los incendios. La corteza deberá ser cada vez más y más ancha. Nosotros más fuertes.

Si hoy lloráis guardad vuestras lágrimas en un vaso pues mañana necesitaremos agua para esos pequeños brotes que desafiarán a las cenizas que dejará el infierno que aún hoy nos consume… o al menos lo intentan.

En Pymes y Autónomos | El DAFO de “Blas de Lezo”, Vampiros en la oficina
Imagen | Germán R. Udiz

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