Sandra Yeida tiene 28 años, es creadora de contenido y editora de vídeo, y hace un año decidió dejar Madrid para instalarse en un pequeño municipio de los Pirineos aragoneses con menos de 100 habitantes. Buscaba una vida más tranquila y alejada del ritmo de la capital, pero su situación como freelance ha terminado haciendo inviable el cambio.
Ahora prepara su vuelta a Valladolid porque no consigue que sus ingresos cubran todos los gastos de vivir sola. Según relató en su propio canal de YouTube, algunos meses apenas ingresaba 200 euros, mientras que solo el alquiler ascendía a 450 euros, a lo que tenía que sumar suministros, gestoría y su cotización como autónoma.
El problema no era tanto el precio de la vivienda como que sus ingresos eran demasiado irregulares para sostener unos gastos fijos todos los meses. "Si estoy viviendo aquí sola, pagando el alquiler sola y con todos los gastos que requiere una casa sin gastos compartidos, pues no puedo ahorrar teniendo en cuenta el tipo de trabajo que tengo", explicaba Sandra.
La situación se complicó todavía más después del fallecimiento de su perro Jack, que era su principal compañía en un municipio donde muchas viviendas permanecen vacías durante el invierno. "Emocionalmente no estoy bien aquí y económicamente tampoco, necesito algo más estable", reconocía. Para un autónomo que trabaja desde casa, además, mantener una vivienda implica asumir una parte de los costes que genera la propia actividad, aunque existen gastos de suministros que pueden deducirse cuando se trabaja desde casa.
"Si estoy viviendo aquí sola, pagando el alquiler sola y con todos los gastos que requiere una casa sin gastos compartidos, no puedo ahorrar."
A esta falta de estabilidad económica se suma otro problema para Sandra: la edición de vídeo está cambiando con la llegada de la inteligencia artificial. La propia creadora considera que muchas tareas que antes requerían trabajo humano ya pueden hacerse con estas herramientas. "Al final la edición de vídeo, desgraciadamente, aunque hay una parte que necesita un ojo humano, muchísima ya lo hace la IA", asegura. Por eso ya está planteándose cambiar de profesión y estudiar psicología, aunque todavía baraja otras opciones. Su caso encaja con una de las grandes promesas que dejó el teletrabajo: poder trabajar desde cualquier lugar y aprovechar alquileres más bajos para abandonar las ciudades. Sin embargo, España ha seguido teniendo una implantación del trabajo remoto inferior a la de otros países europeos, pese a que en 2024 más de 3,3 millones de personas teletrabajaron al menos parte de su jornada.
Vivir en un pueblo no garantiza que las cuentas salgan. Para Sandra, el problema ha terminado siendo una combinación de ingresos variables, gastos fijos y falta de una red cercana de apoyo. Otros trabajadores sí han podido aprovechar el cambio de residencia, especialmente cuando su empleo permite teletrabajar o disponen de una actividad con ingresos más estables.
La experiencia de Sandra muestra que incluso un alquiler de 450 euros puede resultar demasiado caro. Y por eso ha decidido hacer las maletas y volver a la ciudad. Allí espera encontrar algo que ahora mismo considera más difícil de conseguir trabajando por su cuenta: estabilidad.
Imagen | sand in the sun
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