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En Europa, desde hace algunos años, se está produciendo un fenómeno que se ha dado en denominar paradoja europea, es decir, a pesar de disponer de un gran nivel universitario y científico, la I+D+i alcanza unos resultados extraordinariamente modestos. Como fiel reflejo de esta realidad baste decir que en la actualidad hay más de cuatrocientos mil europeos de alta cualificación trabajando en los USA.

Aunque pueden existir , y de hecho exisen multitud de causas, una de las claves puede venir que el modelo europeo se empeña en que sean los gobiernos quienes realicen los esfuerzos en I+D+i y que hasta cierto punto ha tenido bastante éxito en sectores como el aeroespacial o la telefonía móvil. ¿Y en España cómo estamos?.

No quiero caer en el tópico descrito por Sánchez Dragó, “si habla mal de España es español”, por lo que en la introducción he planteado la situación de Europa para entrar un ámbito más local, pero lo cierto y verdad es que en España no estamos mejor.

Entre otras razones una menor inversión en I+D+i que en los países de nuetro entorno a lo que se une un factor cultural que influyen notablemente de manera negativa. En España, por lo general, no se demanda talento, como lo demuestra el hecho del excedente de profesionales sobre preparados.

Además, y esto es palmario, existe una gran indeferencia ante la inteligencia y el esfuerzo lo cual no deja de ser una rémora decadente de nuestro pasado inmediato de la sociedad del ladrillo.

A los factores anteriores hay que unir otro que pesa demasiado en el desarrollo del talento en las organizaciones y que es la falta de liderazgo político y empresaria. Éste es un componente imprescindible para poder tener organizaciones innovadoras y en el caso de España, donde el 95% son microempresas, la influencia de ese saber liderar en el resultado final es mucho más crítico.

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