El valor de la virtud

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No hay lugar a dudas que obrar conforme a la virtud debe ser unos de los principios con los que debe guiarse el ser humano. Ya desde la antigüedad se tenía conciencia de este hecho como lo muestra la preocupación de la filosofía griega por esta materia, como lo mostraba Aristóteles en su obra “Ética a Nicómaco”.

El mundo de la empresa no es una excepción y en todos los aspectos debe guiarse por la virtud, entendida como el término medio (mesótes) entre el exceso y el defecto. Retomando los principios aristotélicos, el hombre prudente sabrá elegir el justo medio, lo que implica que el punto medio o el equilibrio no es una abstracción en general sino que se aplica de acuerdo a las circunstancias de cada caso.

Ayer Expansión publicó un artículo de The Wall Street Journal en el que mencionaba los diez errores que cometen los emprendedores cuando inician la puesta en marcha de sus negocios. Siempre que se presenta estas ideas, principios, decálogos, o como quieran llamarse, no dejan de ser vaguedades pues las circunstancias particulares de cada caso sesgan por completo estas generalidades, que se caracterizan por ser poco concluyentes.

Los diez errores que se indican son: Lanzarse solo, pedirle consejo a demasiadas personas, dedicarle demasiado tiempo al desarrollo de productos y no lo suficiente a las ventas, enfocarse en un mercado demasiado pequeño, entrar en un mercado sin un socio distribuidor, pagar de más por clientes, recaudar muy poco capital, recaudar demasiado capital, no tener un plan de negocios, pensar demasiado sobre su plan de negocios.

De todo lo que se indica, hay algo que es evidente, que cuando se inicia una aventura empresarial lo más importante es actuar con prudencia, lo que no debe confundirse con tener miedo. La acción emprendedora conlleva riesgo e incertidumbre y lo que se ha de intentar es minimizarlos al máximo, lo que no quiere decir eliminarlos, ya que la única manera de emprender sin riesgo e incertidumbre es no emprendiendo.

Por tanto, contar con colaboradores es siempre beneficioso, más aún si el emprendedor no tiene un profundo conocimiento del mercado en el que se está introduciendo. No se ha de olvidar que un negocio se establece para vender y esta es la prioridad, vender, satisfacer esa demanda insatisfecha y para ello es fundamental dar a conocer la oferta que se propone, pero restringiendo el mercado potencial, porque en caso contrario, los recursos necesarios para acometer la acción son demasiado grandes para el resultado potencial que se puede obtener. Con el capital, tener insuficiente puede frustrar un buen negocio por insuficiencia de recursos y tener mucho, puede implicar dos cosas haber dedicado demasiado tiempo a la captación, lo que conlleva pérdida de oportunidad, o por el contrario, contemplar gastos accesorios y prescindibles para el inicio de la actividad.

Gran parte de estas actitudes se resuelven con un plan de negocio adecuado, el cual ha estar caracterizado por la mesura y la concreción. Es decir, que nos indique qué queremos hacer, qué objetivos se pretenden alcanzar y qué recursos son los necesarios para conseguirlo. Dedicar demasiado tiempo a preveer imponderables y cálculos accesorios implica un coste de oportunidad y demorar innecesariamente el proyecto, evidentemente, esto no significa caer en la precipitación. En consecuencia, al emprender no hay que olvidarse ni de la prudencia y ni de la virtud, que son las claves para evitar aquellos excesos que pueden hacer fracasar la iniciativa.

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