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Monstruo Verde

Cuando entré al despacho lo encontré sentado en mi silla, agarrando un puñado de informes con sus grandes y peludas manos verdes. Estaba tan ensimismado observando las cifras de los balances financieros que no notó mi presencia y ni siquiera se detuvo al escuchar el ahogado grito de terror que murió entre mis dientes.

Uno de sus ojos se dirigió a mí mientras el otro seguía atento a la lectura. Parecía sentirse como si fuera el dueño de mi empresa y tuviese derecho a juzgarme con severidad. Al poco tiempo intenté reponerme y le supliqué que saliera de mis instalaciones, pero lejos de hacerlo golpeó la mesa y antes de comerse los informes con voracidad me dijo que teníamos que hablar.

Sus palabras no eran todo lo incoherente que cabía esperar de un monstruo y al principio escuché por miedo, pero luego tomé asiento y comprendí que todo lo que me estaba contando era verdad. La empresa no estaba siendo del todo eficiente y existían ciertos agujeros negros por los que el dinero de la organización estaba escapando sin control.

Haciendo caso al monstruo

Apliqué algunos de los cambios que me propuso y lo cierto es que los informes recogían que todo aquello había sido positivo. La empresa parecía depurada y las cifras eran cada vez más óptimas. Se habían reducido los consumos y renegociado algunas deudas, a la vez que se había mejorado el sistema de incentivos comerciales adaptados a unos objetivos más realistas.

Por desgracia también tuvimos que redimensionar algunos departamentos, pero aún así el monstruo seguía cabreado. Esgrimía informes incontestables y exigía soluciones, aún cuando yo seguía sin entender qué hacía en mi despacho. Las cosas iban mejor, no puedo decir otra cosa… esa era razón suficiente para agradecer la inestimable ayuda de aquel ser extraño.

Un día lo encontré dando vueltas a la mesa mientras comía papeles, como era habitual. Le pregunté por la razón de tanto nerviosismo y con sus ojos vacíos me miró fijamente, pese al temblor de sus pupilas:

  • Los empleados tardan mucho en ir al baño.
  • ¿Cómo?
  • Mira estas cifras ¡mira estos ratios! Ten en cuenta que la empresa no les paga para que pasen el día en el baño, sino para que trabajen… el rendimiento ha bajado y lo único que hacen es seguir bajándolo. Hay que limitar la entrada a los baños.
  • Eso es una locura…
  • ¿Es una locura? ¡¿Es una locura?! – gritó mientras se acercaba retirando de un golpe los trozos de papel que quedaban en su pecho para luego señalar su barriga mientras añadía: – Las cifras están ahí, y también las que me dicen que tenemos aumentar las jornadas de trabajo y endurecer las medidas de control. ¿Sabes el tiempo que pierden los empleados hablando entre ellos? ¿sabes el trabajo que se pierde con los desayunos? No es solo el tiempo del café, sino lo que tardan en volver a coger el ritmo… ¡hay muchas cosas que cambiar!

En aquel momento entendí que el limitado cerebro de la criatura solo era capaz de actuar en base a los balances y que no entendía cómo funcionaban los equipos humanos. No creí que resultara posible explicarle cómo actúa la motivación, ni qué necesidades o derechos tienen los empleados. Simplemente salí de allí.

En mi huida pude ver a empleados mirando su reloj a la espera de poder encender la fotocopiadora siguiendo las indicaciones de ahorro energético, comerciales criticando las interminables rutas que habían recibido y el hecho de que ya no les pagaran el aparcamiento, y finalmente un cartel en la puerta del baño en el que se indicaban los horarios de uso.

Pensé en ir a la policía para sacar a aquel ser de mi empresa, pero entonces lo vi reflejado en uno de los monitores que tenían el brillo dispuesto al mínimo para reducir los gastos… mi cara estaba plagada de pelos verdes y mis ojos parecían perdidos. Grité aterrorizado.

Cuidado, señor empresario

Con la crisis económica los monstruos verdes se están presentando en cada día en más empresas. Debe saber que se trata de una especie peligrosa, pues aunque puede proporcionarnos datos incontestables y útiles, es incapaz de orientar las soluciones de forma correcta desde la perspectiva de los Recursos Humanos.

Accede a nuestros datos y nos hechiza con el fin de que tomemos las medidas más impopulares que son capaces de destruir el clima laboral, afectando a la motivación y al rendimiento. Devora informes y poco a poco nos paraliza con datos y más datos objetivamente correctos, pero cada vez más radicales. Con ello corremos el riesgo de contagiarnos de su naturaleza y convertirnos en el peor enemigo de la empresa.

Les recordamos que la gestión inteligente y responsable de una organización pasa por entender el carácter humano de la misma y en convertir las cifras en aliadas de los miembros de la misma, no en el enemigo.

Para ello, la comunicación es esencial ya que podemos encontrar problemas y soluciones no recogidas en los balances. Es evidente que hay decisiones difíciles que debemos tomar, pero no confundamos los límites que pueden llevarnos a una gestión autodestructiva.

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Imagen | Germán R. Udiz

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