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Cuando la evolución no llega a la empresa

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Hace unos pocos años justo antes de empezar a trabajar por mi cuenta y aun siendo muy joven entre a trabajar en una empresa italiana con una pequeña sede en España y me ficharon como director de la oficina en España con el objetivo de darle un nuevo rumbo a la alicaída empresa, hoy aquí, unos pocos años después y sin nombrar el nombre de la misma por respeto a quienes no supieron hacerlo mejor, quiero aportar mí experiencia, esa experiencia, de cómo aun y teniendo un buen producto sin adaptar la empresa a los tiempos tenemos los días contados.

Corría el año 1995 cuando una empresa italiana entraba con un producto más que innovador y de una muy alta calidad al mercado español, con estas breves señas y por aquel entonces en un mercado incipiente y aun poco competido ya se podrá imaginar que no le costó demasiado hacerse un hueco en el mercado y en poco tiempo ser conocida y su principal producto muy valorado, el problema lo encontramos casi una década después, ¿lo vemos?

¿Y casi una década después con que nos encontramos?, una década después nos encontramos con una empresa que sigue teniendo el mismo producto de calidad (aunque ya no el mejor) pero ahora con una competencia que aprendió rápido y actualmente su producto ya no es innovador, ni sabe hacer nada para que vuelva a serlo, además tiene una excesiva dependencia de este producto y el resto de su desatendido catalogo casi no tiene penetración en el mercado y lo peor, la empresa en todos sus productos, sistemas y funcionamiento sigue instalada en el año 1995.

Una vez la empresa se da cuenta de esa realidad, más que por convicción (pues la misma sigue mentalmente instalada en sus “años de gloria”) por necesidad (pues sus cifras de ventas van en caída libre y amenazan la propia subsistencia de una empresa ya en perdidas y solo sustentada por la matriz italiana) decide dar un golpe de timón, en ese golpe de timón entro yo como profesional.

Me hice cargo de una empresa obsoleta, donde la tecnología más avanzada se remontaba también a 1995, donde los estandartes de calidad y diseño de sus productos seguían siendo los de antaño y no los de bien entrado el siglo XXI, donde el “packaging” y el “merchandising “ aun formaban parte de aquellos tiempos en los que estos tenían poca importancia, y me hice cargo de una empresa con un equipo de ventas desestructurado, sin las zonas delimitadas ni una red definida, entre otras muchas carencias y desajustes, ¿qué hacer ante ello y con un propietario que no quiere adaptarse a los nuevos tiempos?

Esta pregunta nos lleva a la parte en la que no me queda más que reconocer que aquella experiencia fue uno de mis mayores éxitos o uno de mis mayores fracasos profesionales según se mire, pues en poco más de seis meses al mando logre duplicar la facturación de la empresa, siempre digo que más por la propia inercia de hacer algo que no por mi gestión, pero esta cifra era un espejismo, cualquiera aunque fuese un chimpancé sentado en el sillón lograría por el simple hecho de hacer algo lograr que se moviera algo, pero de ahí a obrar el milagro de sanear y salvar la empresa mediaba un trecho.

Y ese trecho era imposible de recorrer sin un cambio de mentalidad de la empresa y de su propietario, yo había logrado más por como he dicho inercia que por merito propio aumentar considerablemente la facturación de la empresa, había logrado reestructurar la red comercial pero ese era el tope al que la inercia podía llegar, a partir de ahí era precisa una reestructuración de pies a cabeza de la empresa y para esa reestructuración hacía falta inversión y mentalidad de cambio y ninguna de las dos cosas tenia la propiedad, ¿resultado?, nefasto.

El resultado fue un estancamiento en ese crecimiento que se había producido en mis meses al mando, un crecimiento importante pero para nada suficiente para hacer viable la empresa, el resultado fue una insistencia por mi parte en la necesidad de tener recursos para efectuar la necesaria reestructuración, encontrando siempre por respuesta ante la presentación de mis elaborados planes que “la empresa ya había perdido demasiado dinero en los últimos años” y que la inversión solo se haría cuando hubiese beneficios, eso llevo a la empresa a un callejón sin salida, pues mis posibilidades de hacer crecer más el negocio ya no pasaban por la gestión si esta no la querían cambiar, sino que pasaba por el milagro y en los negocios habitualmente los milagros no existen.

En poco tiempo abandone el barco, mi renuncia supuso soltar un lastre bastante caro y pesado para una compañía ya maltrecha, pero ese no fue el motivo altruista de mi abandono, el motivo de mi abandono fue la sensación de falta de proyecto empresarial, una falta de proyecto que no solo hizo que mi marcha no supusiese ningún revulsivo (que ya no se esperaba) sino que por lo que sé llevo al poco tiempo al cese de operaciones de la misma.

¿La conclusión de todo esto?, la conclusión no la encontramos en mí abandono, ni en el fracaso de ese proyecto, yo, afortunadamente hoy estoy felizmente situado por mi propia cuenta, la conclusión la encontramos en como el mejor de los productos está condenado al fracaso sino tenemos un adecuado proyecto empresarial que lo sustente.

En Pymes y autónomos | Hundir una empresa en 100 días
Imagen | tnarik

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