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La eficacia de las subvenciones

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Las subvenciones son como cualquier otra herramienta económica. No son la panacea para resolver todos los males y su eficacia depende, en gran parte y en la mayoría de los casos, más de un diseño adecuado y de una gestión eficiente que de su cuantía o su libre reparto entre los sectores destinatarios.

No estoy a favor de la política de subvenciones. Eso no quiere decir que esté en contra de ellas. Lo que puede parecer una paradoja no es sino la impresión que me plantea, en muchas ocasiones, la política de ayudas públicas de nuestro país. Invertir dinero público en la economía privada puede ser un instrumento muy potente para la generación de empleos y la reactivación de las empresas. Sin embargo, esta inversión depende de una serie de factores clave, que no siempre se tienen en cuenta, dependiendo su consideración, en muchas ocasiones, de criterios más políticos que económicos.

En primer lugar, es importante decidir qué sectores van a recibir ayudas. ¿La metalurgia? ¿los fabricantes de vidrio? ¿el pequeño comercio?. Lo lógico sería que el dinero público fuera dirigido a los sectores con mayor potencial de futuro (industria tecnológica, energías renovables, biotecnología, etc.). Aunque estas industrias ya reciben ayudas, se derrocha mucho más en otros sectores. Tenemos el ejemplo del plan E, que si bien tiene que considerarse como una medida puntual para evitar el desplome de la economía, no deja de suponer gasto público en un sector muerto como el de la construcción. También es muy destacable el sector agrícola, que recibe cuantiosas ayudas de la PAC (Política Agrícola Común) sin que esto haya redundado en un aumento de su productividad. De hecho, el efecto ha sido, en muchos casos, el contrario, ya que muchos empresarios del campo se han dedicado a vivir de estas ayudas en lugar de dedicarlas a sus explotaciones (recordemos que una de las mayores perceptoras de ayudas agrícolas en España es la Duquesa de Alba, lo cual es un buen ejemplo del mal funcionamiento de estas ayudas).

En segundo lugar, el diseño de las subvenciones no es siempre el más adecuado. Recuerdo que, hace unos años, la Junta de Andalucía concedía un cheque para autónomos de 9.000 €. El único requisito era mantener la actiidad por cuenta propia durante un año. Como podeis imaginar, esto propició todo tipo de picarescas, tales como darse de alta durante un año, pagar la Seguridad Social con lo que se cobraba de la administración y terminar sacando un buen pellizco en limpio. Aunque las administraciones parecen haber aprendido de sus errores (ahora impera más la concesión de créditos sin interés en lugar de entregar dinero a fondo perdido), queda mucho por hacer en este terreno.

Otro aspecto a considerar es la existencia de los “caza subvenciones”, personas que poseen un conocimiento profundo de los entresijos de la administración y que se aprovechan de este para obtener todo tipo de ayudas. Obviamente, no hablo de los sufridos empresarios que se dejan las pestañas leyendo el BOE para encontrar ayudas para su empresa, sino de aquellos que convierten la obtención de dinero público en una profesión. Frente a esto, en muchos casos, las subvenciones no las recibe la empresa que cumple mejor los requisitos, sino la que sabe rellenar mejor los impresos de turno.

Las subvenciones también tienen un efecto perverso sobre las políticas de empleo. No es algo intencional, sino un efecto secundario. Al fomentar la contratación de algunos sectores de población, en principio más desfavorecidos (mujeres y víctimas de violencia de género, jovenes, parados de larga duración), se crean nuevos sectores perjudicados. Y si no, que se lo pregunten a los hombres, de entre 30 y 45 años, que hayan perdido su trabajo.

En definitiva, una situación como la actual exige un manejo efectivo de la política de subvenciones, destinándolas a los sectores que realmente puedan sacar al país de la crisis. En este sentido, sabemos que la dirección a seguir es la inversión en sectores competitivos y con futuro (lo cual no siempre es compatible con la visión electoralista a cuatro años). Como ya hemos dicho, industria tecnológica, biotecnología y renovables son buenas bazas en las que invertir nuestro dinero, el de todos.

Imagen | Markusram
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