
Para que un emprendedor entienda algo perfectamente y no vuelva a cometer un error, necesita cometerlo él mismo. Es decir, que hasta que no nos llevamos el primer palo, bien en un impago, bien en algún detalle de algún trabajo que no salga como es esperado, no tomamos las suficiente precauciones y comenzamos a trabajar con cautela.
En este sentido, en Una mamá marketiniana nos cuenta cómo ha perdido gran parte del precio a cobrar de un trabajo que ha realizado por no contar con el consiguiente presupuesto por escrito y haber partido de un acuerdo comercial verbal. Y es que antes o después surgen los problemas y diferencias de interpretación, por lo que siempre sale perdiendo el que cobra o que el que tiene menos papeles que demuestren la diferencia en liza.


