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Metáfora de la mina

Los trabajadores extraían rocas de la mina y las cargaban hacia el exterior para que pudieran ser separadas del oro que se encontraba en ellas. Cada uno empujaba una cantidad imprecisa del preciado metal en las vagonetas, pero los más nuevos seguían preguntándose si con solo una de ellas podría obtenerse el salario que ganaban en un año.

Sabían que la concentración de oro no era muy grande y que aquella mina no contaba con todos los avances técnicos de la época, aunque entre el monótono y arduo trabajo, la mente parecía retar a los empleados: ¿Y si nos lleváramos el oro a casa?

Algunos escondían pequeñas piedras entre sus ropas, deseando no ser detectados en los primarios controles de seguridad de la mina. Cuando llegaban a sus chozas golpeaban la roca y la miraban bajo lupa, esperando encontrar un destello amarillo. En algunas ocasiones ocurría y ese brillo minúsculo proporcionaba algunos segundos de felicidad y emoción que se desvanecían al apartar la lente, ya que observaban su verdadero tamaño.

Ciertos trabajadores se reunieron en secreto para hablar sobre la posibilidad de arañar algo de la riqueza que acaparaban aquellos que les pagaban un salario a todas luces indigno, pero aún con lo que podían extraer entre todos, la cantidad resultaba despreciable y más si se tenía en cuenta que debía ser repartida.

Algunos propusieron sacar más material, pero resultaba demasiado arriesgado para los que fueran detectados. Necesitarían hacer algo más contundente. Finalmente, entre el silencio surgió una voz que propuso la idea de tomar la mina para sus legítimos dueños: los que la trabajaban. Crearon un núcleo duro utilizando como argumento la obtención de grandes beneficios y un día aparecieron armados para reclamar la mina.

Allí no había nadie para detenerles, pues los pocos encargados que habían huyeron rápidamente por el páramo ante los primeros gritos y el resto eran mineros que fueron tranquilizados por sus compañeros para explicarles que ahora obtendrían lo que era justo por su trabajo y que lo defenderían.

Un nuevo orden

La organización no fue tan sencilla como esperaban y pronto fue necesario centralizar las decisiones en una cúpula directiva para evitar que la mina fuera ingobernable. No resultó sencillo, pero algunos miembros del núcleo duro lograron imponerse con el apoyo del resto y decidieron que debido a la responsabilidad asumida debían ganar un pequeño extra.

Poco a poco todos fueron asumiendo sus labores aunque no tardaron en aparecer los conflictos y las ambiciones de aquellos que realizaban el trabajo más duro, ya que se decían que también eran dueños de todo aquello y que asumían más riesgos que la propia dirección. “No es justo”.

Estos problemas fueron abordados por la nueva junta y se pensó que podría ser buena idea contratar a personal ajeno para realizar los trabajos más duros, de modo que se liberara de la carga a los antiguos, elevando su rango.

Con esta popular medida se hizo patente que existían demasiados empleados, por lo que algunos miembros incómodos fueron expulsados al ser acusados por la directiva de ser fieles al anterior orden y de crear conflictos internos que podían desestabilizar el nuevo sistema.

Junto a esta medida, se creyó necesario fortalecer las medidas de seguridad para evitar el robo del oro y la entrada de personal no deseado a las instalaciones.

Aún con todos los gastos, la mina proveía buenos beneficios que eran repartidos entre sus dueños, aunque a los empleados nuevos se les ofrecieron peores condiciones laborales y ningún derecho extra ya que no podían ser considerados como dueños de la mina. Algún miembro de la junta directiva solía repetir “Y si no les gusta, estoy seguro de que encontrarán otro lugar donde trabajar. Nuestra mina, nuestras normas.”

La junta también tuvo que enfrentarse al envejecimiento de algunos de sus miembros, por lo que establecieron una jubilación anticipada, con la cual seguirían participando de los beneficios de la mina que trabajaron durante toda su vida, descontando una parte por el trabajo que ya no realizarían. El sistema se generalizó entre los socios con buena acogida, asegurando el futuro de la mina al cubrir las vacantes útiles por nuevos empleados, que se situarían en un nivel retributivo inferior con el fin de mantener el sistema equilibrado.

Con el paso del tiempo muchos expresaron su deseo de retirarse para disfrutar de sus beneficios antes de ser demasiado viejos, por lo que cada vez era menos habitual encontrar dueños en las galerías.

Un día, uno de los nuevos mineros fue apartado durante los controles de seguridad. Al ser chequeado se encontró una piedra negra en su bolsillo, que parecía haber sido bañada con mercurio, descubriendo la presencia de una buena cantidad de oro. Se le preguntó si estaba intentando robar y este respondió: “¡La mina es de los trabajadores!”.

Fue expulsado de forma inmediata del lugar, siendo acompañado por uno de los directivos. Este vio cómo aquella persona subía en un carro rumbo a lo desconocido mientras gritaba palabras como “explotadores” o “no somos animales”. Mientras observaba, la roca negra que había sido confiscada se deslizó lentamente hacia el interior de su bolsillo.

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Imagen | Germán R. Udiz

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