El regreso del asesor Maus [Humor]

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El sol brillaba tanto que el cielo adquiría una tonalidad blanquecina en sintonía con el azul esmeralda del océano. Sobre la arena, el asesor Maus disfrutaba del sonido de las olas a la vez que oteaba el horizonte con sosiego. Cuando al fin logró sentirse en comunión con la tranquilidad de aquel lugar, fue asaltado por una persona que creyó reconocerle.

“Asesor Mousse ¿es usted?” dijo una voz estridente y casi histérica que se acercaba pateando la arena con torpeza. Al llegar, y sin esperar respuesta, añadió: “Qué casualidad encontrarle aquí… soy un gran admirador de su trabajo y creo que necesito su ayuda.”

¿Qué demonios…?

Destrozado por la presencia del extraño en aquel momento de tranquilidad y desconexión casi mística, el asesor dejó ascender una de sus cejas por encima de las grandes gafas de sol de aspecto “ochentero” que le gustaba utilizar. Respiró hondo y pensó para sus adentros: “pero ¿qué demonios quiere este tipo ahora?”

  • ¡Sabía que era usted! Lo sabía… – exclamó satisfecho mientras retomaba el aliento tras una carrera caracterizada por el baile hipnótico de sus michelines sobre la línea del pantalón mientras trataba de sujetar su nevera portátil.
  • Es raro. La gente suele reconocerme mejor cuando llevo más ropa ¿nos conocemos? – añadió irónicamente Maus, pretendiendo transmitir lo inadecuado de la situación dado que no le conocía de nada y estaba intentando relajarse.
  • No, pero conozco a algunos de sus clientes y me han hablado maravillas. Creo que es la persona adecuada para ayudarme con un problemilla que tengo en mi empresa. – Mientras hablaba sacaba un tupper ofreciendo algo de tortilla a su interlocutor, que la rechazó con un breve movimiento de mano y levantando su ceja nuevamente.

EL curioso personaje no parecía entender que Maus estaba en aquella cala solitaria en búsqueda de tranquilidad y desconexión. Parecía ser el típico cliente garrapata, tan infrecuente en la costa como pesado.

Cuando el asesor volvió en sí mismo tras algunos resoplidos, se dio cuenta de que el desconocido había estado explicando su problema. Solo llegó a entender que sus empleados no estaban rindiendo y que reinaba la anarquía.

  • Antes de nada, déjeme decirle que mi nombre es M-a-u-s. No Mousse… y es que, aunque agradezco el cumplido, mi moreno aún no ha llegado al nivel chocolate. Por otro lado, me ha soltado un discurso más propio de la teletienda. Un tipo de mensajes diseñado para aprovecharse de las personas deprimidas que pasan las noches en vela enterrando su baja autoestima bajo kilos de helado, mientras esperan una solución milagrosa en forma de una oferta divina que llene su vacío. ¿Sabes lo que pasa mientras? pues que yo estoy durmiendo. Si quiere podemos concertar una cita y lo hablamos con más calma, cuando esté tan deprimido por la monotonía que escucharle me resulte toda una novedad.
  • Vaya, tenían razón cuando decían que usted habla muy raro jeje. El caso es que solo necesito un consejo suyo… sobre cómo motivar a mis empleados.

Toma motivación

El asesor Maus retiró sus gafas y observó al interlocutor, para luego mirar a su mujer, que había quedado un poco apartada… rendida a la soledad mientras rebuscaba cremas con disipador en su bolso.

Luego, consultó la hora y trató de comerse los improperios que pensaba expresar. El desconocido permanecía en silencio, observando con paciencia al sabio consejo de Maus, que llegó con un tono resuelto y tranquilo:

“Usted me pide un consejo para motivar a sus empleados, a la vez que me reconoce una libertad anárquica que desemboca en un rendimiento muy bajo. Esto me hace pensar que usted no es consciente de que se encuentra ante un gran problema de liderazgo, centrado en usted mismo…

El hecho es que aquí estamos, en un paraíso natural… un lugar en el que deberíamos estar desconectados del estrés diario y de nuestras desgracias. Supongo que ahora estará pensando que le voy a recomendar que aproveche para meditar con perspectiva, pero lo cierto es que le estoy diciendo que se vaya a la oficina y actúe como el líder que debería ser.”

El asesor había visto el lujoso bolso “Hermes Birkin” que usaba la mujer del desconocido para la playa, así como el impresionante reloj de oro que este lucía y las llaves del Lexus que colgaban de su bolsillo. Todo indicaba que se trataba de una persona adinerada, por lo que pensó en dos posibilidades: o la empresa había conocido tiempos mejores, lo cual le extrañaba con la gestión que intuía, o ya disponía de dinero antes.

“Me da la impresión de que es incapaz de afrontar los problemas causados por la falta de liderazgo y la mala organización. ¿Abrió el negocio con una herencia? ¿el negocio es la herencia? ¿Se da cuenta del mensaje contradictorio que está mandando? Huir de la empresa no lo va a solucionar, ni mis consejos tampoco si luego no va a estar para aplicarlos…

¿No se ha dado cuenta de que hoy es martes y que son las 11 de la mañana? En esta playa solo hay dos tipos de empresarios: los autónomos “afortunados” como yo que disponen de un vacío en la agenda causado por la falta de clientes “de pago”, o los empresarios que desatienden sus obligaciones en una época convulsa y que han visto demasiada teletienda. Mi consejo: delegue y cómprese un chalet por aquí cerca.”

Cuando terminó, un escalofrío escaló por las piernas del asesor y sintió un profundo arrepentimiento por haber dicho todas esas cosas… ¡tenía un lexus! Y posiblemente un chalet por ahí cerca, claro. ¿No sería un cliente maravilloso si no fuera tan impertinente?

Por suerte, las garrapatas son muy resistentes y posiblemente dejó de escuchar a mitad del discurso, algo que quedó claro en cuanto sonrió amablemente y le ofreció nuevamente un poco de tortilla: “Entonces… ¿me ayudará?”

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Imagen | Germán R. Udiz

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