La capacidad de innovar se puede aprender

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Dentro del discurso de moda, en el que se apunta a la innovación como motor de desarrollo económico, muchas veces se tiene la creencia de que los ciudadanos que son capaces de innovar son aquéllos que cuentan con una mejor predisposición para hacerlo, o que sencillamente cuentan con la aptitud más adecuada.

Pues bien, hoy quiero justificar no es así, porque aunque pensemos que no contamos con la aptitud necesaria, podemos lograr una gran capacidad mediante la actitud. En nuestro día a día (tanto en la empresa así como en nuestra vida personal) tenemos que tomar decisiones de distinta índole, en las que algunas veces erramos y en otras acertamos, pero en todas y cada una de ellas se desprende un aprendizaje.

Es cierto que nuestros logros refuerzan nuestra seguridad, nuestra capacidad de decisión y también la apreciación que nuestro entorno tiene de nosotros. Pero al margen de estas bondades, nuestros errores o desaciertos pueden tener tanto o más valor, ya que de su detección y corrección puede desarrollar en nosotros una actitud autoconstructiva que nos ayude a alcanzar una mayor capacidad para superar nuevos logros, de trabajar con mayor eficacia, lo que nos puede llevar a conseguir ver y hacer las cosas como otros no logran hacerlo, en definitiva a innovar.

Por tanto, dentro de este ejercicio son muy importantes valores como el trabajo y la humildad, entendiendo que sin trabajo no hay resultados y que no hay ningún innovador que haya alcanzado un gran resultado sin haber fracasado primero, habiendo aprendido a limarse profesionalmente para conseguirlo.

En Pymes y Autónomos | ¿Cómo gestionar los errores?
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