El momento de la jubilación es uno de los más esperados por los trabajadores. Toca disfrutar de otra etapa de la vida, pero desde la calma y de una supuesta tranquilidad económica gracias a una pensión ganada tras décadas de madrugones y esfuerzos.
Sin embargo, para los autónomos este momento de la vida no es igual al de otros trabajadores. La distancia entre la pensión media de un autónomo y la de un trabajador asalariado es abismal.
Según datos de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos, quienes han desarrollado la mayor parte de su carrera en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos perciben de media de 1.054,39 euros mensuales al jubilarse.
En el Régimen General, la pensión media asciende a 1.724,11 euros. La diferencia supera los 650 euros al mes y, en términos anuales, rebasa los 9.000 euros.
Si se proyecta esta brecha a lo largo de 20 años de jubilación, el diferencial acumulado puede situarse por encima de los 180.000 euros. No se trata solo de una estadística, sino de un simple número, sino de una diferencia brutal en la capacidad de gasto, ahorro y bienestar durante la última etapa de la vida.
Bases de cotización: el núcleo del problema
El sistema público español se basa en un modelo contributivo. La cuantía de la pensión depende directamente de las bases por las que se ha cotizado, especialmente en los últimos años de carrera, que son los que determinan la base reguladora.
Durante décadas, una parte mayoritaria de los autónomos optó por cotizar por la base mínima permitida, incluso cuando sus ingresos eran superiores.
Mientras que un asalariado cotiza automáticamente en función de su salario bruto, el trabajador por cuenta propia ha tenido margen para elegir su base dentro de determinados límites.
En 2022, antes de la reforma por ingresos reales, más del 80% de los autónomos cotizaba por la base mínima. Este patrón ha tenido un efecto directo en la prestación final.
Además, el Régimen General incluye mayores aportaciones empresariales. La cotización total en este régimen ronda el 28% del salario, de los cuales una parte significativa corre a cargo de la empresa.
En el caso del autónomo, el esfuerzo recae íntegramente sobre el propio trabajador, lo que históricamente ha incentivado bases más reducidas para contener el esfuerzo mensual.
Trayectorias irregulares y lagunas de cotización
Otro elemento clave es la estabilidad en la carrera profesional. Los asalariados suelen presentar trayectorias más lineales, con ingresos relativamente previsibles y continuidad en la cotización. En cambio, los autónomos afrontan ciclos de facturación variables, cierres temporales de actividad o periodos con ingresos bajos.
Las lagunas de cotización afectan directamente al cálculo de la base reguladora. Aunque el sistema contempla mecanismos de integración parcial de estas lagunas en el Régimen General, la cobertura no es equivalente en el régimen de autónomos, lo que amplifica la diferencia final.
A ello se suma la mayor incidencia de jubilaciones anticipadas por cese de actividad o dificultades económicas, que pueden implicar coeficientes reductores sobre la pensión reconocida.
Envejecimiento del colectivo y aumento de jubilaciones
El número de autónomos que accede a la jubilación sigue aumentando. En 2024 se registraron 60.583 bajas por retiro, mientras que en 2025 la cifra alcanzó las 64.267, lo que supone un incremento cercano al 6%. Este crecimiento refleja el envejecimiento del colectivo y la salida de generaciones que cotizaron bajo esquemas menos exigentes.
España cuenta con más de 3,3 millones de trabajadores autónomos afiliados, muchos de ellos en tramos de edad avanzados.
La transición demográfica implica que el sistema deberá afrontar un volumen creciente de pensiones con bases históricamente bajas, consolidando la brecha existente frente al Régimen General.
Las dudas sobre la reforma por ingresos reales
La implantación progresiva del sistema de cotización por ingresos reales busca corregir distorsiones históricas. El nuevo esquema establece tramos vinculados a rendimientos netos, con bases mínimas y máximas ajustadas a la facturación efectiva. En teoría, esta medida reducirá las diferencias futuras si los autónomos cotizan en función de lo que realmente ingresan.
Sin embargo, el efecto será gradual. Las pensiones actuales y las que se reconocerán en los próximos años responden a carreras de cotización anteriores a la reforma. La corrección del diferencial estructural no será inmediata y dependerá de la consolidación de bases más elevadas durante periodos prolongados.
Además, el aumento de cotizaciones puede tensionar la viabilidad económica de determinados pequeños negocios, especialmente en sectores con márgenes ajustados. El equilibrio entre sostenibilidad del sistema y capacidad contributiva del autónomo continúa siendo un debate abierto.
No se puede vivir con mil euros al mes
Una pensión media cercana a los 1.050 euros sitúa a muchos jubilados autónomos en un umbral vulnerable frente al incremento del coste de vida.
Vivienda, suministros energéticos y atención sanitaria absorben una proporción significativa de sus ingresos. La brecha de más de 650 euros mensuales frente a un asalariado no solo es una diferencia contributiva, sino también una desigualdad en capacidad de consumo y ahorro en la etapa final de la vida laboral.
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