La absurda obsesión por la deflación vuelve a estar en boca de todos

Parece que nos tendremos que acostumbrar. Cada nueva publicación del IPC por parte del Instituto Nacional de Estadística (INE), aunque éste sea un indicador adelantado, es una nueva y absurda obsesión por la deflación; un problema que, en realidad, no lo es tal.

En estas circunstancias de descenso prolongado de los precios, dicen muchos expertos, las empresas serían las mayores perjudicadas, agravando su difícil situación y dificultando la recuperación económica. Sin embargo, los argumentos en contra de la deflación son tan originales como falaces en muchos casos.

No posponemos nuestras decisiones de consumo

Por un lado, no es cierto que el descenso prolongado de precios posponga decisiones de consumo de las familias. En primer lugar porque nadie puede permitirse posponer sus decisiones de productos de primera necesidad, como los alimentos, ni siquiera al día siguiente; y, por otro, porque los ciudadanos de a pie no cuentan ni con la formación ni con la información suficientes en relación con la evolución de precios como para decidir comprar hoy o mañana.

Bien es cierto que existen determinados productos, especialmente los electrónicos, que esperamos a que desciendan de precio para adquirirlos. Sin embargo, esta espera no se debe tanto a una situación de deflación, sino más bien a las propias características del ciclo de vida del producto.

Nosotros sabemos que llegará un momento en el que el producto comenzará su etapa de declive porque la empresa que lo comercializa espera sacar al mercado un modelo nuevo y mejorado y, por tanto, rebajará su precio. Pero este descuento no se debe a que nos encontremos ante un contexto deflacionario ni que esta circunstancia sea perjudicial para las empresas. Muy al contrario, es un método para liquidar stocks que no se iban a vender.

Nosotros, como consumidores, sabemos que llegará un momento en el que las empresas rebajarán el precio del producto con independencia que nos encontremos en un proceso deflacionario y, por este motivo, posponemos la decisión de consumo de productos no perecederos.

En otros casos, en cambio, la reducción de precio se debe al aumento de productividad de los factores, en especial, el factor capital, lo que provoca que la empresa tenga que hacer frente a menores costes de producción. Los ordenadores, por ejemplo, debido al uso de más y mejores técnicas de fabricación y producción, son un ejemplo paradigmático de reducción de precios y mejoras en sus prestaciones, lo que no solo no ha sido perjudicial para la economía, sino que ha contribuido a las mejoras de productividad y eficacia empresarial.

No se reduce la renta disponible en términos agregados

Otra de las razones que se argumentan para vilipendiar a la deflación es que, en un contexto de elevado apalancamiento como en el que nos encontramos, el descenso prolongado de precios y, por tanto, la revaluación de la moneda, provoca un aumento en la carga de las deudas para los deudores, que provocará a su vez que éstos tengan que destinar una mayor cantidad de su renta disponible para satisfacerlas, reduciendo de esta manera su consumo.

Este argumento es correcto, pero se olvidan de un matiz importante: la deflación también aumenta la rentabilidad para el acreedor (al que podíamos llamar también ahorrador), hecho que incrementa su renta disponible y, por tanto, su consumo. Es decir, el aumento de cargas para el deudor se compensa en la misma proporción con un aumento de rentabilidad del acreedor, lo que en términos agregados supone que la renta disponible quede compensada.

Es decir, la renta disponible del conjunto de agentes queda inalterada. Bien es cierto que podríamos pensar que el consumo se reduce, puesto que la propersión marginal a consumir es mayor en las capas de población más endeudadas; pero a falta de un estudio exhaustivo al respecto, este hecho es algo que nadie puede asegurar con certeza.

Conclusiones

La absurda obsesión por la deflación es, a todos los efectos, un argumento que tanto Gobiernos como Bancos Centrales utilizan para justificar sus políticas de aumento de masa monetaria y despilfarro público. Las empresas y, en especial, las pymes, tienen otros problemas más prioritarios contra los que luchar.

Y, desde luego, los consumidores no están en absoulto preocupados porque los productos bajen de precio.

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