
Pese a cotizar durante décadas, la brecha con los asalariados deja a muchos autónomos con pensiones drásticamente más bajas al jubilarse
No corren buenos tiempos para quienes confiaron ciegamente su retiro a la hucha pública de las pensiones. Sobre el papel, cotizar sin descanso a lo largo de toda una vida laboral debería garantizar una jubilación libre de estrecheces o sobresaltos financieros de última hora. Pero en la práctica, el sistema esconde una trampa de sobra conocida para un colectivo muy concreto: los trabajadores autónomos. Esa es la situación a la que se enfrenta David, un fontanero jubilado de 75 años que se dio de alta a los 24 y no ha soltado la llave inglesa hasta el día de su retiro oficial.
Y el resultado asusta. Tal y como recoge El Blog Salmón, tras más de medio siglo cotizando, su prestación apenas alcanza los 500 euros al mes. Una cantidad que lo abocaría a la más estricta precariedad si no fuera por otras vías de ingresos complementarios, lo que deja botando una pregunta sumamente incómoda para el futuro de muchos cotizantes actuales.
¿Cómo cuadran las cuentas? La respuesta corta es que no lo hacen. El propio protagonista no tiene tapujos en reconocer que el escudo principal de su economía diaria lo sostiene su esposa. "Mi mujer tiene una pensión de unos 1.000 euros, yo unos 500", recalca. Son los números de un hogar que necesita 1.500 euros para vivir y que, sin el ahorro privado, se habría quedado en 500.
Una brecha abismal
Según las cifras de la Seguridad Social, la prestación media de jubilación en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) arrancó 2026 en los 1.054,4 euros, a años luz de los 1.724,1 euros que perciben de media los asalariados. Pero el caso de David va un paso más allá: sus ingresos se quedan un 52% por debajo de la ya de por sí mermada media de su propio colectivo.
Las cifras de la Seguridad Social dejan al descubierto una brecha abismal: la diferencia entre la jubilación de un asalariado y la de un autónomo roza los 670 euros mensuales (669,7 euros exactos, o 9.375,8 euros al año repartidos en 14 pagas). Esta brecha responde directamente a las bajas bases por las que cotiza el colectivo. Y no es por capricho: tal y como recoge El Español, el 41% de los trabajadores por cuenta propia ingresa menos de 27.480 euros al año. En la práctica, el sistema premia la capacidad de cotizar y penaliza a quien menos margen tiene, aun cuando sea quien más años acumule en el RETA.
Una red de seguridad privada
Ante un panorama institucional tan raquítico, al matrimonio no le quedó otra que apretarse el cinturón durante sus años productivos y desviar capital hacia canales privados. "Si no hubiéramos invertido, no sería suficiente", zanja David de forma rotunda. Su caso está muy lejos de ser una simple anécdota, sino que funciona como el reflejo de un viejo conocido del mercado laboral español. La colosal diferencia de ingresos frente a los trabajadores asalariados termina condenando sistemáticamente a los trabajadores por cuenta propia a depender de su cartera de ahorros.
El problema: la base de cotización
Históricamente, el grueso del colectivo de autónomos ha optado por blindar su liquidez inmediata cotizando religiosamente por la base mínima, tratando de sobrevivir a las cuotas mensuales y a los siempre imprevisibles vaivenes de su facturación. A corto plazo supone un claro alivio para la tesorería del negocio. Pero a largo plazo, cuando llega la ansiada fecha de retiro, esa estrategia cortoplacista muta en ingresos del todo insuficientes. La realidad del colectivo habla por sí sola: tal y como apuntó El Blog Salmón, el 66% de los autónomos retirados ni siquiera alcanza los 1.000 euros mensuales.
La gran pregunta del millón es cuántos miles de autónomos más se encontrarán de bruces con ingresos ínfimos si no empiezan a mover ficha diversificando sus ahorros.
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