
Pese a la importancia del sector, todavía existe una falta de reconocimiento del mismo.
El sector de la limpieza en España emplea a 478.000 personas y representa el 1,05% del PIB.
Haber estudiado una formación media o superior puede ayudar a muchas personas a encontrar un mejor empleo. Sin embargo, no siempre ocurre así. Como tampoco es una realidad que quienes ocupan siempre los más altos cargos, pueden presumir de haber cursado una formación de alto nivel. Ni mucho menos. Un ejemplo lo tenemos en este caso concreto en el sector de la limpieza.
El sector en España emplea a 478.000 personas y representa el 1,05% del Producto Interior Bruto, según el informe anual de la Asociación Profesional de Empresas de Limpieza (Aspel).
Además, concentra el 9% de los cinco millones de asalariados del sector servicios, una actividad que genera el 68% del PIB nacional y en la que la limpieza figura entre sus diez ramas más importantes. Sin embargo, ¿trabajan en él todos los profesionales que quieren o es un oficio que eligen perfiles con bajo nivel educativo? ¡Fuera prejuicios!
“No estoy en limpieza porque no me haya quedado otra opción. Tengo una carrera y un máster”, asegura Cristina Simón, una limpiadora autónoma que ha querido romper los prejuicios que todavía rodean a esta profesión.
Su historia refleja la realidad de muchas personas que eligen este trabajo por convicción, buscando una mayor conciliación familiar y una actividad con mayor autonomía. Y sí, lejos de la imagen de que se trata únicamente de una salida ante la falta de oportunidades.
Una conciliación que cambió su rumbo profesional
Cristina trabajaba como administrativa hasta que nació su hijo. Fue entonces cuando decidió replantearse su futuro. “Sabía que si era mamá era para estar con mi hijo”, explica.
La dificultad para compatibilizar una jornada laboral extensa con la vida familiar la llevó a emprender un nuevo camino junto a su hermana, que acababa de verse afectada por un ERE.
“No quería quedarme en casa, pero tampoco tenía dinero para endeudarme en un negocio. Así que empecé a limpiar con cuatro productos del supermercado y una aspiradora”, recuerda.
Con el paso del tiempo ambas fueron ampliando sus conocimientos y especializándose en servicios de alta complejidad. “Hicimos cursos y reinvertimos las ganancias en maquinaria”, añade.
Una profesión elegida, no una última alternativa
La experiencia de Cristina coincide con la de Sophie New, que también llegó al sector buscando una mayor flexibilidad tras convertirse en madre. “Necesitaba un empleo a tiempo parcial y flexible. Mi amiga me ofreció limpiar con ella y así empezó todo”, explica.
Con el tiempo decidió dar un enfoque diferente a su trabajo. “Quería hacer algo que ayudase a la gente y un poco más personal. Empecé a ofrecer limpiezas solidarias, gratuitas o a bajo coste, especialmente para personas mayores o con problemas de salud mental”, relata.
Jornadas exigentes y necesidad de cotizar
Pese a sentirse orgullosas de su profesión, ambas reconocen que el sector continúa marcado por la irregularidad. “He trabajado días de 16 horas en verano y en invierno hay meses sin apenas nada”, afirma Sophie.
Cristina defiende la importancia de ejercer la actividad de forma legal. “Desde el principio quise hacer las cosas bien, ser autónoma para cotizar y tener derecho a una baja o una jubilación. Muchas compañeras se jubilan tras 50 años sin haber cotizado nunca”, lamenta.
También denuncia que algunos precios hacen inviable desarrollar la actividad con garantías. “Hay mucha gente cobrando menos de diez euros la hora y eso no puede ocurrir. Para estar dentro de la legalidad, mínimo tienes que cobrar quince euros”, explica. “Con esto hablo de seguros sociales, de seguro de responsabilidad civil, seguro de accidentes...”, añade.
Mucho más que limpiar una vivienda
Las dos profesionales coinciden en que detrás de muchas intervenciones existe un importante componente humano. “Hay mucho de psicología y de empatizar con la persona que está sufriendo. Cuando alguien pide ayuda para limpiar una vivienda con síndrome de Diógenes, el cambio es brutal y se nota también en su estado de ánimo”, explica Cristina.
Sophie comparte esa visión. “Intento que la persona se sienta cómoda, sin ser juzgada. Muchas veces, después de limpiar, esa persona se motiva y continúa sola”, asegura.
Entre sus recuerdos más especiales destaca el de una clienta que terminó convirtiéndose en amiga. “Una señora mayor que vive cerca de mí me comentó que necesitaba ayuda con su hogar porque había fallecido su marido... A día de hoy, ella todavía sigue siendo muy amiga mía”, recuerda.
Un trabajo esencial que todavía lucha contra los prejuicios
Pese a la importancia del sector, ambas consideran que todavía existe una falta de reconocimiento. “La sociedad no valora realmente el trabajo que se hace. Hay personas que no te pagan, te regatean con las horas, te piden limpiar el suelo de rodillas o te cronometran el tiempo que paras a beber agua o a comer un sándwich”, denuncia Cristina.
La profesional recuerda que durante la pandemia la percepción cambió temporalmente. “Fue un momento donde nuestro sector se dignificó. Luego la gente se olvida”, lamenta.
Sophie coincide en que todavía persisten muchos estereotipos. “La gente piensa que ser limpiadora es un trabajo muy fácil, sin esfuerzo ni conocimiento. Pero hay mucha ciencia detrás de la limpieza. Yo lo veo más como un arte”.
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