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tecnología

Los chavales, los chicos jóvenes suelen ser catalogados, etiquetados y metidos todos dentro de una misma bolsa. No es justo. No lo ha sido nunca. Pero ahora, en estos momentos, donde si bien es cierto existe un alto porcentaje de chicos y chicas que no estudian ni trabajan, también hay otros tantos que forman parte de una generación emprendedora. Sobre todo en el sector de las tecnologías. No creo que sea una actitud nueva y producto de la crisis económica.

Personas con buenas ideas y precoces las ha habido siempre. Pero resulta llamativo que a una edad como son los dieciséis años, cuando el ocio existe como única opción a la que aferrarse tras dejar de estudiar los viernes, idea que no dejan de machacarles a través de las radio fórmulas e incluso de sus padres, ellos decidan que cada día es importante y bueno para inventar y crear algo nuevo y de utilidad.

Admiración

A veces nos tropezamos con la historia de algún chico que ha conseguido inventar una aplicación como si de un norteamericano se tratara, y en vez de garaje, contara con una habitación y una gran dosis de imaginación y tenacidad. Pero no existe sólo Pau García Milà al que este blog ya le dedicó un artículo bien merecido. En la web emprendedores, podemos tropezar con muchas historias de gentes que con apenas catorce años, se juntan con algún amigo no para tomar unas copas sino para pensar en su futuro.

Leo algún comentario de un lector que reflexiona con un: “me doy cuenta de cómo perdí tiempo en mi juventud”. No creo que sea así. De hecho, es estupendo que creen sus empresas, tengan ideas que resuelvan carencias en la sociedad, pero nuestra generación (entre los treinta y los cuarenta) no vivimos semejante crisis, quizás sí momentos de incertidumbre esporádicamente si el padre o la madre se quedaba sin trabajo, pero enseguida el problema estaba resuelto. A mi juicio no existe un equilibrio en la juventud. O muy listos o muy “en las nubes”.

Los nacidos en los setenta aprendimos a relacionarnos con los demás, a pulir nuestras habilidades sociales, gozábamos de libertad, jugábamos en la calle, no teníamos que ver programas de dudoso gusto en televisión y teníamos programación propia donde aprendíamos desde electrónica hasta algo de medicina. No debemos fustigarnos. Chicos imaginativos los ha habido siempre, quizás no inventaban una aplicación para Twitter ¡sobre todo porque no existía! pero sí brillaban en sus trabajos, en deportes, y son los que ahora están pagando y sufriendo los golpes de esta crisis maldita.

Una esperanza

Pero volviendo a estos emprendedores o visionarios, me quedo con la historia de Jorge Izquierdo de 15 años. Un día, de camino a clase y en mitad de un atasco, se dio cuenta de que esas personas lo tendrían difícil a la hora de dar una explicación por su retraso en el trabajo, por lo que creó UrLate: una herramienta para avisar y dar una excusa cuando vas a llegar tarde a un sitio.Más tarde elaboró una agenda 2.0 también como aplicación móvil dirigida a estudiantes para llevar al día las tareas del instituto, exámenes o la media de las notas.

Como Jorge tenemos muchos más nombres, quizás sus sueños duren poco tiempo ¡fracasar forma parte de emprender!, quizás sean perseverantes y ellos, sin tener la mayoría de edad con ilusión y esa sensación de que todo es posible, sean los que animen a otros a desarrollar ideas y poder llevarlas a la práctica. El nexo común de estos casos es la simplicidad de las herramientas utilizadas y lo económico de poner en marcha sus empresas.

Si me estás leyendo, estás desempleado, y quizás bloqueado busca esa parte curiosa que todos tenemos, y que no debería morir según cumplimos años porque aún estás a tiempo de encontrar una salida para ti. Eso sí, tú tienes más responsabilidad, lo sé. Quizás sean unos hijos, una hipoteca, pero con tranquilidad y ayuda, es probable que despertemos de ese tiempo en el que uno se jubilaba en una empresa y trabaja para otro.

No podemos permitir que los mandatarios nos intenten volver locos cada día contradiciendo lo dicho el día anterior. Más que nunca el poder lo tiene el pueblo, sobre todo el de salir de la apatía y sobre todo, de ese espacio de confort, o miedo, o sensación de vértigo al pensar que tu vida debe dar un gran giro y que, tal vez, jamás vuelvas a trabajar en tu sector. ¿Tal vez sea mejor el cambio? Lo sé, es una pregunta arriesgada en estos tiempos.

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