
Hay una expresión italiana, un juego de palabras, que ha hecho fortuna en todo el mundo: Traduttore, traditore. Fácil de traducir al castellano: Traductor, traidor. Refleja la absoluta imposibilidad de conseguir una traducción fiel al original, o más aún, que la fidelidad no existe, que toda traducción, en última instancia, es una obra de creación. El que no lo crea, que pruebe a a comparar distintas ediciones de obras traducidas, que observará notorias diferencias.
En el mundo de los negocios la figura del traductor es cada vez más importante, según avanza la globalización (ofertas, contratos, etc…) De todos modos me gustaría separar la figura del traductor de la del intérprete, semejantes pero distintas, al menos desde mi punto de vista totalmente ajeno a este mundo. El traductor trabaja sobre documentos, los reelabora en otro idioma, e incluso en ocasiones, para ello suele necesitar un altísimo nivel técnico en la materia escogida. El intérprete es aquel que va traduciendo una conversación entre dos personas. Tienen puntos en común, pero también muchas diferencias. Y sin embargo, me gustaría contaros un caso, totalmente real, en el que sin duda, alguien debió pensar del interprete que era un auténtico traditore.


