
En una oscura choza, situada en el margen de un río, se encontraba un anciano sentado en su pequeño taller delante de una montaña de piezas de madera. En sus manos sostenía la figura de un pez sin terminar, de diseño idéntico al del resto que llenaban la habitación que quedaba a sus espaldas, miles de ellos.
La luz resultaba insuficiente para continuar un trabajo tan meticuloso y decidió dejar las herramientas hasta el día siguiente, así que se marchó a su casa. Así lo llevaba haciendo durante largos años, siempre siguiendo el mismo proceso. Sus peces eran cada vez más perfectos y fieles respecto a uno que habitaba en aquellos sueños en los que recordaba los días de pesca con su padre.
Cuando regresó, a la mañana siguiente, se encontró con una terrible visión. El río había estado creciendo durante las últimas jornadas, pero no lo había podido ver desde el interior de la choza ni en la oscuridad de la noche. Ahora se lo había llevado todo. Solo encontró en el suelo una talla sucia que agarró con rabia: “Toda una vida de dedicación… ¿y solo tengo esto?”

