
Esta mañana he asistido involutariamente a una conversación telefónica entre un empresario y un encargado de delegación que trabaja en la empresa. La conversación (o rapapolvos diría yo) versaba sobre el descontrol existente en los gastos asociados a cada coche, en el consumo de gasolina fundamentalmente y en que no se habían puesto en marcha las medidas propuestas por la dirección (él vamos).
Las medidas propuestas por este hombre para controlar los gastos de cada coche y especialmente el consumo de gasolina funciona mediante el siguiente protocolo: libretiilla para anotar la ruta que se hace cada día y los kilómetros realizados, hoja en la que se anote el coste de cada repostaje con el parte de caja (los trabajadores que usan los coches cogen dinero en efectivo para repostar) y otra hoja adicional para anotar las reparaciones, multas y operaciones de mantenimiento. Evidentemente, el mecanismo de control propuesto por este empresario no sirve para nada. Veamos porqué.


Transportistas, taxistas, trabajadores que se desplazan cada día a sus empresas, etcétera… lo veían venir. Llevaba un año subiendo sin parar (en torno a un 30% en solo doce meses) y, por primera vez, el litro de diésel es más caro que el de gasolina sin plomo. Hace unos años, el saber popular decía que si hacías más de 20.000 kms. al año, compensaba pagar la diferencia de precio que existía entre un motor gasolina y uno diésel. ¿Pero que hay o había de cierto en todo esto? Los datos que sustentaban dicha creencia tenían su origen en los siguientes datos más o menos objetivos: