
Las manos de Luis se afanaban en decorar el escaparate con los colores de la navidad como si fuera un ritual. Solo eran negocios, “una manera de atraer al dinero”, se repetía a sí mismo para no sentir asco por la purpurina. El suyo era uno de los pocos negocios de la zona cuyos ingresos parecían capear la crisis, pero era difícil verle feliz aparte de a la hora de hacer caja.
Pasaba su vida entre la tienda y su casa, situada en la planta superior, hasta que un día comprobó que nadie entraba en la tienda y decidió pisar la calle. El día estaba inusualmente oscuro y las únicas luces visibles eran las de la guirnalda navideña de su escaparate, que le iluminaban la espalda de forma intermitente. Giró sobre sí mismo buscando una explicación para aquella noche repentina, hasta que entre las sombras apareció una figura humana.




