
Rompía el mar a los pies de un joven que, aguantando una caña de pesca, resoplaba como el viento que le azotaba la cara. El sol seguía alto, reflejando su brillo en el nailon mientras un hombre lo miraba de lejos con una sonrisa.
El mar parecía tacaño pues solo le proporcionaba peces minúsculos, aunque este pensamiento desapareció cuando el lejano observador se acercó cargado con un cubo lleno de grandes piezas, despertando su envidia. Esto le molestó menos que la pregunta que le espetó mientras tiraba sus pequeños peces al mar: “¿necesitas ayuda?”
El joven respondió con vehemencia, alzando su voz mientras casi dejaba caer su caña a las rocas: “¿Qué crees que estás haciendo?” No obtuvo mucha respuesta más allá de una sonrisa que le irritó aún más, aunque el sonido de las olas y la brisa parecían intentar calmarle. Pensó en los pequeños peces que acababa de perder y recordó que ya había pensado en dejarlos libres. Por eso había mantenido el cubo lleno de agua, aunque eso no justificaba la reacción del extraño.
El hombre se sentó aunque el joven pescador seguía levantado como si la caña le sostuviera para no propinarle un golpe. Ante este ímpetu, el señor se disculpó y se ofreció a enseñarle a lanzar el nailon, aunque su interlocutor desestimó la idea con otra pregunta: “¿Quién le dice que necesito ayuda?”
Entonces sintió algo en la caña y tiró fuertemente, haciendo que un pequeño pez saliera violentamente del agua. Apenas tenía el tamaño de un dedo índice y esto le devolvió a una realidad que ya no podía ocultarle al señor, por lo que le ofreció una manera de resolver el conflicto: “Déme uno de sus peces y quedamos en paz”.
El hombre se acercó y le pidió perdón por tirar los peces excusándose en que aquellas crías serían maravillosos ejemplares en el futuro. No sacó ningún pez de su cubo, lo cual fue una respuesta negativa a la propuesta del joven.
El hombre agarró su caña y le explicó la técnica que utilizaba. Tras comprender el movimiento que debía describir con la caña y los brazos, el joven descubrió que podía lograrlo mediante una buena técnica y sin ejercer demasiada fuerza. Entonces le repitió la pregunta a su maestro improvisado: “¿Dónde debo tirar? ¿Qué zona es la mejor?“
El hombre miró al mar y luego al joven, dibujando una de sus irritantes sonrisas y respondió mientras golpeaba ligeramente la espalda de su interlocutor: “El mayor secreto de un pescador es no mostrar todos sus secretos... y menos con los que comparten su zona. Tampoco te olvides de eso.”.
Se marchó y el joven por un momento se sintió alabado por ser considerado competencia, aunque finalmente entendió que tenía mucho que aprender y que seguramente debería hacerlo solo. Puede que aquello fuera una lección más importante que aprender a pescar.
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